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De Gloria En Gloria
LA SALVACIÓN DEL ALMA

por David W. Dyer


TABLA DE CONTENIDO

1-     El amor de Dios

2-     La oferta de la Vida

3-     Los dos árboles

4-     Las dos naturalezas

5-     La Sentencia de Muerte

6-     La Salvación del Alma

7-     El Tribunal de Cristo

8-     Montañas y Valles

9-     La Sangre del Pacto

10- Dividiendo el Alma y el Espíritu (1)

11- Dividiendo el Alma y el Espíritu (2)

12- Por Gracia a través de la Fe

13- La Imagen del Invisible

14- La Esperanza de Gloria


CAPITULO 12 DE GLORIA EN GLORIA
 
POR GRACIA A TRAVÉS DE LA FE
 
En este libro, hemos estado hablando acerca de la
salvación del alma. Hemos estado investigando el
maravilloso plan de Dios de crear una novia para Sí
mismo a través de la cual El pudiera revelarse a Sí
mismo al mundo y aún al universo. También, hemos
estado revisando  nuestra responsabilidad en lo
concerniente a estas grandes verdades. Así que
meditamos en estas cosas espirituales, debemos tomar
muy en cuenta una cosa. Y es que esta obra de Dios
dentro de nosotros, es verdaderamente la obra de Dios.
Ninguna de estas maravillosas realidades espirituales
es algo en lo que nosotros podríamos entrar aparte de
El. Filipenses 2:12,13 dice: “lleven a cabo su propia
salvación con temor y temblor; porque es Dios quien
obra en ustedes tanto el querer como el hacer de parte
de su buena voluntad”. Ven ustedes que aunque debemos
cooperar con El, realmente es El quien está haciendo
la labor.
Todo lo que involucra el trabajo de Dios en nosotros
es resultado de Su maravillosa gracia. Creemos en El,
porque El ha tenido misericordia de nosotros. Crecemos
en El por la gracia que El nos suple. Lo seguimos por
Su poder el cual nos da con liberalidad para vencer
los obstáculos y al enemigo. Todo es resultado de Su
gracia. Muchos definen “gracia” como el inmerecido
favor de Dios. Ciertamente, esto es verdad. No
merecemos nada de Su parte. Sin embargo, a causa de Su
gran amor por nosotros, El vino y murió por nosotros.
El nos ha ofrecido perdón con liberalidad. Algo aún
más maravilloso que el perdón, El nos ha dado Su
propia vida eterna. Y aún algo todavía más increíble
pero cierto, El ha abierto el camino para que
crezcamos en todo lo que El es, llegando a ser
“partícipes de la naturaleza divina” (2P. 1:4) esto es
verdaderamente favor inmerecido o “gracia”.
Cuando lleguemos delante de Su trono en el día del
juicio, si hay algo bueno dentro de nosotros no
podremos reclamar ningún reconocimiento por ello.
Allí, ninguna carne se gloriará en Su presencia (1
Cor.1:29). Toda la obra increíble y gloriosa que ha
sido hecha en nosotros será el resultado de Su gracia
y misericordia. El amor de Dios, Su amor lo habrá
impulsado a obrar pacientemente dentro de nosotros
para cumplir toda Su voluntad. Aunque nosotros mismos
podamos pensar que somos celosos por las cosas de
Dios, obedientes y consagrados a El, aún esto se
mostrará como resultado de Su maravillosa gracia. Esta
obra de Salvación de Dios no está basada en nuestras
habilidades o bondad, sino en Su decisión de tener
misericordia de nosotros. En Su presencia no tendremos
nada de qué sentirnos orgullosos, pero muchas cosas
por qué estar agradecidos. Allí le adoraremos para
siempre por haber extendido Su amorosa gracia hacia
nosotros.
La obra que el Espíritu Santo está haciendo dentro de
nosotros depende de nuestra fe. Debemos tener fe en
Jesús para recibirle. Debemos también continuar
caminando en fe para crecer en El. Todo progreso
espiritual está basado completamente en nuestra fe.
Sin embargo, aún esta fe que tenemos es resultado de
la maravillosa gracia de Dios. Esta tampoco es de
nosotros mismos, “es don de Dios” (Ef.2:8).
Quizás una buena manera de entender esto es dar una
mirada a la experiencia del padre de la fe, Abraham.
Examinando cómo el llegó a la fe, quizás podamos
descubrir cómo Dios nos imparte fe. La Escritura dice:
“la palabra del Señor vino a Abram en una visión”
(Gn.15:1). Luego dice, “Y él (Abram) creyó en el
Señor; y  le fue contado por justicia” (Gn.15:6). El
orden en el que estos dos eventos ocurrieron es muy
significativo. Primero Dios manifestó
sobrenaturalmente su voluntad y Su gloria a Abraham.
Luego Abraham creyó. Su respuesta a esta visión
celestial fue fe. El reaccionó a esta revelación
divina creyendo que Dios existía y que lo que El dijo
era verdad.
Por otro lado, fíjese cómo su fe no se dio. No fue el
resultado de su esfuerzo personal o concentración
mental. Abraham no estaba caminando en el desierto una
noche estrellada mirando al cielo y de pronto pensó,
“Debe haber un Dios. Caramba! Creo que realmente hay
un Dios. Si, creo, creo que hay un Dios y ciertamente
debe querer que yo tenga muchos descendientes”. Y Dios
al escuchar estas “palabras de fe” se apresuró a
descender y a revelarse a Sí mismo a Abraham. No, la
fe de Abraham vino exactamente de la manera opuesta.
Primero Dios se reveló a Si mismo y entonces Abraham
creyó. Fue esta clase de fe la que agradó a Dios y lo
hizo designar a Abraham como justo.
Qué maravilloso evento debió haber sido aquel cuando
por primera vez Dios se mostró a Abraham. Aún recuerda
usted cuando Dios se le reveló por primera vez? Si
usted es cristiano hoy, es porque alguna vez y de
alguna manera Dios se manifestó a Si mismo y su
respuesta a esto fue fe. Usted pudo haber dicho algo
así como, “Dios es real. Lo he visto. Se me ha
mostrado a Sí mismo y ahora creo en El”. A menos que
usted haya llegado a conocer personalmente al único y
verdadero Dios a través de la revelación de
Jesucristo, usted no puede ser un cristiano verdadero.
Continuemos aquí con una breve definición de la fe.
“Fe es la respuesta humana a la revelación divina”.
Una vez que Dios nos muestra algo de Sí mismo entonces
podemos creer. Pero a menos que El escoja revelarse a
Sí mismo a nosotros nada que hagamos o pensemos podrá
considerarse como fe auténtica. A menos que lo hayamos
“visto” en alguna medida no podemos creer en El.
Podemos quizás dar nuestro asentimiento mental a algo
que hemos leído u oído acerca de Dios pero esto no es
lo que la Biblia llama “fe”. Santiago nos dice que aún
los demonios tienen un tipo de creencia en Dios. Ellos
creen y tiemblan (Stgo. 2:19). Pero fe salvadora-fe
genuina- la clase de fe que justifica delante de Dios
a aquellos que la poseen es fe que resulta de la
revelación que Dios hace de Sí mismo.
Desafortunadamente, no toda reacción del hombre a la
revelación divina es fe. Mucha gente  de la que leemos
en la Biblia, reaccionó a la manifestación del poder y
la divinidad de Dios con incredulidad. La mayoría de
nosotros probablemente imaginamos que si Dios hablase
audiblemente desde el cielo todos ciertamente
creerían. Sin embargo, este no es el caso. Varias
veces en los evangelios se consigna que Dios hizo
precisamente eso. En una ocasión Jesús estaba orando
al Padre y dijo:”Padre, glorifica tu nombre”. En
respuesta  a esto una voz vino desde el cielo
diciendo, “Lo he glorificado y lo glorificaré otra
vez” (Jn.12:28). Aún cuando toda la multitud oyó la
voz de Dios, no todos creyeron. Algunos de ellos
dijeron, “Seguramente debe haber sido un trueno”. Su
reacción fue una de completa incredulidad. Habían oído
a Dios audiblemente sin embargo escogieron no creen en
la realidad de lo que acababa de ocurrir. Todavía otro
ejemplo impactante de tal incredulidad se ve cuando
Jesús levantó a Lázaro de los muertos. Después de este
evento, se nos cuenta que muchos de Sus discípulos
creyeron en El. Pero había algunos en la multitud, aún
cuando habían visto al muerto resucitado, no creyeron.
Mas bien sus corazones fueron endurecidos.
La fe verdadera ocurre cuando el corazón humano
responde positivamente a Dios. Cuando Dios por medio
de Su misericordia se revela a Sí mismo a nosotros de
alguna manera, entonces estamos  en posición de elegir
si creemos o no creemos. Cuando elegimos la fe, esto
nos trae a una relación con Dios. El responde a
nuestra respuesta de fe. El resultado de nuestra fe es
intimidad con Dios. En ese momento nacemos de nuevo.
Luego recibimos al Espíritu Santo dentro de nosotros.
Este, sin embargo, no es el fin. Mas bien, es el
comienzo de una relación de por vida de intimidad con
El.
 
JUSTIFICACIÓN POR LA FE
Uno de los dogmas principales de la iglesia Evangélica
moderna es la justificación por la fe. Esto significa
que somos justificados delante de Dios a causa de
nuestra fe en El. Con esto estamos tratando de decir
que Dios está entrando en una relación con nosotros y
teniendo íntima comunión con nosotros no por algunas
obras que hayamos hecho para agradarle, sino porque
hemos creído en la revelación de Su Hijo. Nuestra fe
está en Jesús quien se ha mostrado a nosotros y esta
es la base de nuestra relación con Dios. Nuestro Dios,
como resultado de nuestra fe, se relaciona con
nosotros de una manera íntima y personal como si
fuéramos completamente justos. Como resultado de
nuestra fe, El nos “atribuye” una justicia
(Rom.4:22-24). Este es un acto de gracia, nada menos.
No merecemos que se piense de nosotros como si
fuéramos justos, pero por medio de la gracia de Dios,
El entra en una relación con nosotros como si
estuviéramos realmente sin pecado.
Sin embargo, debemos ser muy claros en una cosa. Esta
fe a cerca de la cual hablamos- esta fe que nos
justifica hoy ante los ojos de Dios-es una fe
viviente. No es meramente el hecho que creímos en
Jesús, digamos, hace 20 años. Es una fe que está
activa ahora. En este momento, estamos respondiendo en
fe a lo que nuestro Señor nos está revelando. Estamos
oyendo Su voz. Estamos creyendo Su palabra viviente y
estamos obedeciéndole. Esta es la clase de fe que nos
justifica. Demasiados cristianos están simplemente
esperando que porque creyeron en Jesús alguna vez en
el pasado o porque han aceptado algún hecho bíblico,
desde ese momento en adelante, Dios los considera
justos. Sin embargo, esto no es verdad. Para ser
considerados justos por Dios hoy, debemos tener una fe
viva, diaria y activa.
Nuestro hermano Santiago escribió tratando de corregir
una falsa impresión que ya era prevalerte en su día.
Era que un tipo de “fe”mental, estática era
suficiente. Quizás había algunos en la iglesia de su
tiempo también quienes suponían que dado que habían
creído “alguna  vez” o “en algo” por ello eran
justificados. Pero Santiago argumenta contra esto. El
afirma fuertemente y repetidamente que “la fe sin
obras es muerta” (Stgo 2: 17,20, 26). El declara que
somos justificados “por nuestras obras” (Stgo. 2:24).
Con esto él insistía que nuestra fe debiera estar
produciendo algo. Debiera estarse manifestando
diariamente en nuestras vidas en resultados reales y
tangibles. Debiera revelarse a través de nuestra
actual y viviente relación con Dios. Si no es así, es
una fe muerta por la cual no podemos ser ni estamos
siendo justificados. Estas “obras” de las cuales él
habla no son meramente buenas obras, sino son la
evidencia de la sumisión de nuestra vida entera a
Cristo. Son la manifestación visible de una fe
viviente y comunión diaria con Dios.
Santiago no está contradiciendo a Pablo al insistir en
“las obras”. No estaba negando la necesidad de la fe.
De ninguna manera está refutando “la justificación por
la fe”. Su objetivo era aclararnos exactamente que
clase de fe se requiere para justificarnos delante de
Dios. Solo estaba insistiendo que nuestra fe debe ser
una fe viva. Debemos tener intimidad con Jesús.
Debemos tener una relación de fe al día con El. La
prueba de esta fe viva está en el fruto que es visible
ahora mismo. Es solo esta clase de fe la que nos está
justificando. Santiago muestra que es por “la fe
actuando juntamente con…las obras” que nuestra fe es
“hecha perfecta” (Stgo.2:22).
Jesús nos ha abierto el camino. El está justificando
gratuitamente a los impíos por medio de la fe
(Gal.3:8). Su gracia está disponible abundantemente.
Sin embargo, cuantos de los propios hijos de Dios hoy
día están viviendo en un estado de incredulidad. A
pesar del hecho que una vez creyeron, se han alejado.
Alguna vez caminaron en intimidad con El, pero hoy esa
ya no es más su experiencia. El les está hablando,
pero ellos se niegan a escuchar. El se está revelando,
pero ellos niegan lo que les está revelando. El les
está corrigiendo pero ellos no reconocen Su mano. Por
alguna razón, no quieren oír lo que El está diciendo y
así inventan excusas. “Ese no podría ser Dios”,
razonan. “El no querría nada semejante de mí”. De este
modo, lo niegan. Rechazan Sus palabras y así niegan Su
autoridad en Sus vidas. Cuando esto ocurre, la obra de
la salvación en sus vidas queda detenida. Su comunión
íntima con Dios se rompe. Estos no están mas
“caminando por fe” y así no están más siendo
justificados. Solo cuando finalmente se arrepienten y
escogen oír su Voz puede El continuar Su obra de
gracia en ellos.
 
FE Y OBEDIENCIA
Otra vez la experiencia de los hijos de Israel en el
desierto, se convierte en un ejemplo importante para
nosotros. Habían estado viajando por meses a través
del desierto. Había sido un largo y caluroso viaje.
Finalmente, llegaron a avistar su objetivo, la tierra
prometida. Antes de cruzar el Jordán, Moisés envió a
doce hombres para entrar en la tierra y espiarla.
Debían traer un reporte de lo que encontrasen allí.
Para diez de los doce hombres su experiencia en Canaán
fue aterradora. Vieron gigantes allí. Las ciudades
eran fortificadas y fuertes. Y así persuadieron a la
gente a rebelarse contra la voluntad de su Dios. Estos
hombres no tenían fe. No creyeron que Dios daría a Sus
siervos el poder para lograr lo que El les había
ordenado hacer. De modo que su falta de fe resultó en
desobediencia.
Esta es exactamente la manera cómo es con algunos
creyentes hoy. Son hijos de Dios. Han recibido a Jesús
por la fe. Han sido bautizados, correspondiendo a los
hijos de Israel cruzar el Mar Rojo (1Cor. 10:2). Sin
embargo, por alguna razón, han dejado de creer de una
manera viva. No están caminando más en intimidad con
Dios. De alguna manera, han encontrado algo en el
caminar espiritual que los asusta. Posiblemente, se
han confrontado con algún desafío en su vida que ellos
consideran demasiado difícil de vencer. Quizás Jesús
ha demandado algo que ellos no están preparado ni
dispuestos a hacer. De modo que, han cerrado sus oídos
y han dejado de oír Su voz. Han dejado de responder en
fe a Su revelación y guía. La comunión íntima que
alguna tuvieron con Jesús se ha desvanecido y
convertido en un recuerdo agridulce.
Cuando vivimos por la fe también estamos viviendo en
obediencia a Dios. Estas cosas van a la par. Es
imposible tener una relación de fe viva con Jesús y
ser desobedientes. Cuando no estamos obedeciendo a
nuestro Señor, no podemos estar caminando en fe.
Nuestra negativa a escuchar a Jesús y hacer lo que El
dice es vivir en rebelión. Esta es una falta de fe.
Cuando Dios nos dirige en alguna dirección, debemos
creer que es lo mejor para nosotros. Cuando El nos
dirija a algún área de la vida que nos parezca
aterradora, debemos tener fe que El sabe lo que está
haciendo y estará con nosotros. Cuando seamos
confrontados con situaciones difíciles, aún
imposibles, debemos escoger creer que El es capaz de
vencer al enemigo a través de nosotros. Solo de esta
manera podemos caminar en una fe que nos justifica
delante de Dios.
 
EL JUICIO DE DIOS
Cuando vivimos en desobediencia, estamos viviendo en
pecado. Romanos 14:23 declara que: “todo lo que no
proviene de fe es pecado”. Claramente, si no estamos
obedeciendo es porque no estamos creyendo. Por lo
tanto, ya que no estamos caminando en fe, no estamos
siendo justificados. Dios no nos está considerando
justos. Nuestra falta de fe, en vez de ponernos bien
con Dios, está haciendo que El esté disgustado con
nosotros. Hebreos 3:13-17 habla de aquellos que
salieron de Egipto pero fracasaron en entrar y poseer
la Tierra Prometida por su falta de fe. Fueron
“endurecidos por el engaño del pecado”.
Consecuentemente, sus cuerpos muertos “cayeron en el
desierto”. Estas cosas nos hablan hoy día.
Como hemos visto en capítulos anteriores, hay
consecuencias reales para nuestras elecciones hoy. Si
no continuamos en fe, día tras día siguiendo y
obedeciendo a Jesús, entonces no estamos más agradando
a Dios. No estamos más en una posición en que podamos
experimentar Su gracia. Su desagrado en lugar de Su
favor está sobre nosotros. Por lo tanto, a menos que
nos arrepintamos y nos volvamos a El y lleguemos a
estar dispuestos a hacer Su voluntad, sufriremos las
consecuencias que Su palabra revela. Como hemos visto
antes, una de las consecuencias más serias es que la
parte no- transformada de nuestra alma se perderá (Mt.
16:25, Mt. 10:39, Lc.9:24, 17:33, Jn 12:25).
Nuestros “cadáveres” caerán en el desierto. Sufriremos
pérdida grande e irrecuperable. Su juicio sobre los
hijos desobedientes se llevará a cabo. Si nos volvemos
en incredulidad para seguirle a El, entonces no
podemos experimentar las bendiciones de la fe, sino
solo las consecuencias de la desobediencia. Estos son
aquellos “cuyo fin es ser quemados”por la santa
presencia de Dios (Heb.6:8).
Heb. 3:13, 14 nos urge: “anímense los unos a los otros
diariamente, mientras que se dice: ‘Hoy’, no sea que
alguno de ustedes se endurezca  por el engaño del
pecado. Porque hemos llegado a ser participantes de
Cristo, si retenemos firme nuestra confianza del
principio hasta el fin”. Ciertamente esto fue escrito
a creyentes. Por lo tanto, este “si” aquí es
extremadamente  importante para nosotros. Debemos
continuar adelante en una relación de fe viva con
Jesús, si queremos recibir Sus recompensas favorables.
Llegar a ser “participantes de Cristo” aquí debe
entenderse cómo ser participantes de la plenitud de
Cristo ya que todos los verdaderos cristianos ya lo
han recibido.
 
Fe no es Esperanza Humana
 
Mucha gente hoy día, malentendiendo la fe, han
intentado convertirla en un tipo de esperanza humana.
Se imaginan equivocadamente que si simplemente leen la
Biblia, escogen pasajes que les gusta y dan su
asentimiento mental al las verdades expresadas en
ellos, esto entonces llega a ser fe.
Desafortunadamente, esto es solo un ejercicio anímico
que nunca nos puede ayudar. Ninguna declaración
continua de verdades escriturarles nos conducirá a  la
fe genuina. Solo la revelación sobrenatural de Dios
puede lograr esto. Las escrituras dicen, “y [Jesús]
manifestó Su gloria; y Sus discípulos creyeron en El
(Jn. 2:11). Una vez que Jesús se revele a Sí mismo y
nos revele Su voluntad, entonces podemos escoger
creer. Esta es la clase de fe acerca de la que habla
la Biblia.
Desafortunadamente los seres humanos son con
frecuencia segados a las cosas espirituales por
definiciones mundanas. Simplemente porque hemos
crecido pensando que sabíamos lo que era la fe-esto
es, dar a nuestro asentimiento mental alguna idea-nos
imaginaos que esta misma definición será lo
suficientemente buena como para usarla en nuestro
cristianismo. Tristemente este tipo de actividad
mental nunca resultará. Ella meramente genera un tipo
de esperanza humana. Solo aquellos que han visto a
Dios y le han respondido en fe creen de manera que les
haga ser considerados justos y los capacite para
recibir lo que El quiera darles. Nuestra fe, que es
nuestra respuesta a la revelación de Dios, nos
capacita para entrar en lo que Dios nos está
mostrando.
Muchos cristianos están tratando de “creer” que tienen
algo cuando en realidad no es así. Por ejemplo, ellos
afirman que “tienen la mente de Cristo” pero es
evidente por sus vidas que sus pensamientos no son
dominados por El. Sus palabras y acciones muestran
abiertamente que no tienen el Espíritu Santo
librándolos del esquema del mundo y del diablo. Sus
mentes no están llenas de los pensamientos y opiniones
de Jesús. Quizás estos mismos individuos también creen
que ya son completamente salvados, santificados y
purificados. Pero aquí también, sus vidas muestran la
mentira de esta “fe” de ellos. Citando versículos de
la Biblia piensan que poseen algo que obviamente no es
así. La suya no es una fe viva.
 
IRREALIDAD EN LA IGLESIA
Ciertamente, Dios nos ha dado libremente “todas las
cosas” (Rom.8:32). El ha abierto el camino para que
nosotros entremos a todo lo que El es. Pero el hecho
triste es que muchos no están entrando. Ellos solo se
imaginan que han entrado. Están sólo oyendo acerca de
estas grandes verdades, dando su asentimiento mental a
ellas y esperando que de alguna manera esto lo hará
realidad para ellos. Esta clase de pensamiento llena a
los cristianos de nuestro día, y a la iglesia de
nuestro tiempo con un sentido muy fuerte y palpable de
irrealidad. Demasiadas personas están hablando,
orando, predicando y adorando en relación a cosas que
no son reales en sus vidas.
Un famoso actor dijo una vez: “la diferencia entre los
predicadores y los actores es esta: los predicadores
hablan de cosas que son verdad como si no fueran
verdad y los actores hablan acerca de cosas que no son
verdad como si fuesen verdad”.  Que terrible
acusación! Qué hay acerca de nuestro cristianismo
moderno que produce este tipo de irrealidad que aún
los incrédulos notan? Por qué nuestra “creencia” no
está produciendo resultados? Por qué estas cosas
preciosas no son reales en nuestra vida diaria?. Hay
dos factores principales que parecen estar
contribuyendo a este problema:
Primeramente, el diablo ha logrado oscurecer la verdad
de Dios. A través de sus mentiras y medias verdades ha
estado engañando a los hijos de Dios, privándoles de
su herencia. Una gran parte de su mentira es la que
hemos estado enfocando. Esta es la creencia que ya
tenemos estas preciosas cosas espirituales de Dios aún
cuando no es así. El ha propagado este error a través
de una definición equivocada de la fe y la gracia. De
este modo ha engañado a los cristianos haciéndoles
pensar que no necesitan experimentar estas cosas aquí
y ahora y que la verdadera justicia sólo existe en la
mente de Dios. Satanás ha convertido el Evangelio en
una suerte de cuento de hadas, que sólo es verdad en
el mundo imaginario.
Esto es exactamente acerca de lo que Pablo nos
advierte. El predice que en los últimos días la gente
“se volverá a las fábulas” o cuentos de hadas, antes
que a la verdad (2 Tim. 4:4) y qué es esta “fábula”?
es algo solamente imaginario. Es el pensamiento que
todas las promesas de Dios son para mañana- un tipo de
lugar placentero en el cielo cuando morimos. Es la
creencia que la justicia y otras santas virtudes solo
existen en la mente de Dios. Es la actitud que Dios
solo ve a Jesús y no la manera como realmente somos.
Es el pensamiento que nuestras recompensas son futuras
y físicas y tienen poco o nada que ver con nuestra
experiencia hoy día. Es la impresión que no habrá
consecuencias negativas para la desobediencia de los
hijos de Dios. Estas son las mentiras del enemigo. Es
una gran oscuridad la que pende pesadamente sobre la
Iglesia de nuestros días “por tanto, si la luz que
está en ti es oscuridad, cuan grande es la oscuridad”
(Mt. 6:23)!
El resultado de creer estas mentiras es que no somos
motivados a avanzar en Cristo y tomar posesión de todo
lo que El es. Pensando que ya hemos recibido todo no
buscamos experimentar más. Creyendo que nuestra
“recompensa” tiene muy poca relación con la manera
como vivimos hoy, dejamos de preocuparnos acerca de la
verdadera condición de nuestra alma. El temor de Dios
ha desaparecido. Para muchos, el cristianismo solo
consiste en tratar de evitar pecados obvios que
podrían ofender a otros, luego tratar continuamente de
asegurarnos unos a otros que todo está O.K. cuando
claramente no lo está.
Esto es lo que significa “recibir la gracia de Dios en
vano” (2 Cor. 6:1). Aún cuando todas las cosas buenas
nos están siendo ofrecidas, no estamos tomando
posesión de ellas. Aún cuando nuestro Señor lo ha
hecho todo para nosotros, no le estamos permitiendo
hacer Su obra en nosotros. Dios en Su gran bondad no
está juzgando nuestras actitudes y acciones hoy. Pero
es claro que esta bondad de Dios debe “guiar al
arrepentimiento” (Rom. 2:4). Nos debe impulsar a abrir
nuestras vidas a El  y dejarle hacer Su voluntad. El
hecho que El se haya dado a Sí mismo por nosotros debe
estimularnos a entregarnos nosotros mismos
completamente a El. Si no experimentamos por nosotros
mismos todas las cosas maravillosas que Dios nos ha
ofrecido gratuitamente, estamos abusando de su bondad.
Cuando no respondemos a la gracia que se nos ofrece,
hemos “insultado al Espíritu de gracia” (Heb. 10:29).
Cuando la verdad de Dios no nos estimula a abrir
nuestras vidas y dejarle hacer Su obra dentro de
nosotros “dejamos de alcanzar la gracia de Dios”
(Heb.12:15). Las mentiras del enemigo y nuestra propia
testarudez nos impiden tener lo que debería ser
nuestro por derecho.
En segundo lugar, un factor importante que contribuye
a nuestra falta de progreso espiritual hoy es nuestra
aversión a morir. Como hemos visto en el capítulo 5,
una parte importante del trabajo de Dios en nosotros
es dar muerte a la vida y naturaleza antiguas. Para
seguir a Jesús debemos estar dispuestos a “tomar
nuestra cruz” (Mt 16:24), o en otras palabras, debemos
estar listos a morir. Esto por supuesto no es lo que
la carne quiere oír. Es un punto en el cual muchos
tropiezan y caen. A muchos les agrada oír y beber la
“leche de la palabra” pero la comida sólida no les es
agradable. La “predicación de la cruz” es  ciertamente
comida sólida. No es fácil de digerir. Las cosas
maravillosas casi inimaginables que Jesucristo nos
está ofreciendo son emocionantes. Pero hay un precio
que pagar. Aún cuando todo es gratis, aún cuando Jesús
ya pagó el precio más alto por nosotros, sin embargo
hay todavía un costo en términos humanos. Para tomar
posesión de todo lo que Dios ofrece, debemos perder
nuestra propia vida (SIQUE) (Mt. 16:25). Para que El
viva a través de nosotros, debemos morir.
Sin duda esta es una razón por qué tan pocos hijos de
Dios parecen estar entrando y tomando posesión de las
cosas de Cristo el costo para ellos es demasiado alto.
Quizás nunca se les ha dicho la historia completa.
Posiblemente nunca ha llegado a sus oídos “todo el
consejo de Dios” (Hch.20:27). Consecuentemente, nunca
se sentaron a “calcular el costo” (Lc.14:28). El
resultado desafortunado es que ellos están resistiendo
los esfuerzos del Espíritu por tratar de llevarlos a
la madurez. No estando preparados para experimentar la
muerte de Cristo obrando en ellos, rechazan la gracia
de Dios la cual los salvaría de lo que son. Cualquier
falta de voluntad de nuestra parte detiene de
inmediato nuestro progreso espiritual. Como hemos
visto antes, nuestro Señor nunca violará nuestra
voluntad. De modo que cuando nos ponemos reacios a que
la cruz opere en nuestras vidas, cuando amamos lo que
somos y quienes somos más que a Cristo, o cuando no
tenemos la disposición de actuar en la fe que Jesús
nos da, entonces nuestro progreso espiritual se
detiene.
 
LA JUSTICIA DE DIOS
 
Hemos estado hablando en este capítulo acerca de la
justicia imputada. Este es el hecho que, a causa de
nuestra fe, Dios se relaciona con nosotros como si
realmente fuéramos justos. Sin embargo, hay otra
“justicia” revelada en el Nuevo Testamento. Esta
justicia también es el resultado de nuestra fe. Esta
es la justicia de Dios (Fil. 3:9). Nuestro Dios nos
está perdonando nuestros pecados, pasando por alto
nuestras faltas y entrando en una relación con
nosotros con un propósito. El nos está tratando como
si fuéramos justos, de modo que podamos en realidad
llegar a ser justos. Nuestra fe nos trae a una
intimidad con Dios que está destinada a cambiarnos.
Esta relación, que involucra recibir la auténtica vida
de Dios con Su naturaleza divina, tiene como objetivo
alterar nuestro ser en el nivel más fundamental. Este
cambio es el resultado de nuestra fe viva. Es algo que
comienza a revelarse en nuestro carácter. A través de
esta fe nuestra, Dios comienza a transformar nuestra
alma, intercambiando Su vida con la nuestra y así
comenzar a revelarse a  Si mismo por medio de
nosotros. De esta forma comenzamos a exhibir Su
justicia.
Esta justicia es “no de vosotros, pues es don de
Dios”; (Ef.2:8). Sin embargo, aún cuando nosotros no
somos el origen, ella se expresa a través de nosotros.
La fuente es Dios, pero la manifestación es a través
de seres humanos. Esta clase de justicia no existe
solamente en la mente de Dios. Es algo visible, aquí
mismo en la tierra. No es el resultado del esfuerzo
personal, sino el producto de nuestra fe de cada día.
Ven ustedes, nuestra fe, que es la fuente de nuestra
relación con Dios, nos mueve a obedecerle. Nos impele
a abrir nuestro ser a El. Dando como resultado el que
le permitamos dominar y predominar dentro de nosotros.
Así es como cumplimos Su voluntad. Si nuestra fe es
real, entonces producirá resultados.
Cuando nuestra fe es viva, una justicia genuina se
exhibe en nosotros. El “apacible fruto de justicia”
(Heb.12:11) es algo tangible que Dios está buscando
establecer en nosotros. Si no estamos exhibiendo este
fruto, entonces es una señal que nuestra fe no está
activa. Solo una fe viva, diaria, que esté produciendo
intimidad con Dios, realmente nos cambia.
Queridos hermanos y hermanas, cómo necesitamos estar
caminando por fe hoy. Sin fe, es imposible agradar a
Dios (Heb. 11:6). El lo ha hecho todo por nosotros. Su
gracia está disponible a todos en abundancia. Aún más
fe está disponible de Su parte si estamos listos y
dispuestos a recibirla.
Nuestra parte consiste solamente en responderle. Lo
que se requiere de nosotros es simplemente someter
nuestras vidas completamente a Su autoridad, recibir
lo que El está ofreciendo y permitirle hacer su obra
completa. De esta manera, la gracia de Dios obrando a
través de nuestra fe llevará a cabo Su voluntad en
nuestras vidas y recibiremos los beneficios de la obra
completa de Cristo.

Al Principio

Capítulo 13

TABLA DE CONTENIDO

1-     El amor de Dios

2-     La oferta de la Vida

3-     Los dos árboles

4-     Las dos naturalezas

5-     La Sentencia de Muerte

6-     La Salvación del Alma

7-     El Tribunal de Cristo

8-     Montañas y Valles

9-     La Sangre del Pacto

10- Dividiendo el Alma y el Espíritu (1)

11- Dividiendo el Alma y el Espíritu (2)

12- Por Gracia a través de la Fe

13- La Imagen del Invisible

14- La Esperanza de Gloria